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La casa de Gabo: nada que ver con la original

 

 

 

 

Aracataca.

A un primer golpe de vista, la casa en la que nació el Nobel Gabriel García Márquez en Aracataca parece la mansión de descanso de algún cacique político del Departamento del Magdalena. Blanca y radiante, la parte superior de la fachada termina en punta y las vertientes del tejado sobresalen lado a lado; detalles que refuerzan la impresión de que la vivienda tiene influencias de arquitectura europea.

De aquel hogar que levantó el coronel Nicolás Márquez a principios del siglo pasado, construido en madera y paja, hay un abismo con respecto al nuevo lugar. Para los habitantes de Aracataca, todo el proceso de reconstrucción, que inició en el 2008, fue casi tan acelerado como el que experimentó la casa de los Buendía, relatado por Gabo en Cien años de soledad : “Nadie entendió muy bien cómo fue surgiendo de las entrañas de la tierra (...) la casa más grande que habría nunca en el pueblo...”.

Pese a que el inmueble fue declarado Monumento Nacional por decreto en marzo de 1996, solo hasta el 2006 comenzaron los primeros trabajos de recuperación.

Según Rafael Darío Jiménez, ex coordinador cultural de la casa-museo, “el lugar se encontraba en ruinas. Hace 16 años, Colcultura había enviado recursos para la obra, pero fue una pésima reconstrucción: la madera utilizada se pudrió y las instalaciones eran más pequeñas en relación a los planos originales”, dice.

Además, anteriormente la casa había sufrido un incendio y la había derribado un vendaval en 1983.

El inicio. De acuerdo a los deseos del Nobel, que había aprobado el proyecto de restauración que en un principio le había presentado Elvira Cuervo de Jaramillo, entonces directora del Museo Nacional de Colombia, el Ministerio de Cultura abrió una licitación que ganaría la compañía pereirana ‘Consorcio Jema Conguadua Siete’.

En la reconstrucción el consorcio debía resguardar, según los modelos aprobados, la apariencia original de la casa.

Con respecto a esto, quizás la reacción más honesta—sin haber sido interrogada—sería la que expresó una turista inglesa llamada Mary Dilworth, quien al ver el interior de la casa, emocionada, solo atinó a decir: “oh, es tan bella como un chalet suizo”.

El presupuesto que se ha destinado a la edificación es de 1.200 millones de pesos, de los cuales se han utilizado aproximadamente 760.

Hoy, es innegable que la casa-museo presenta un aspecto espléndido, pero con poca semejanza con la antigua edificación. Los cataqueros esperaban una recreación moderna pero fiel del bien cultural —una restauración—. Sin embargo, las nuevas instalaciones cuentan quizás con mayor número de simpatizantes que de detractores. El disgusto de estos últimos, sin embargo, ha hecho gran eco en los medios de comunicación.

Fabián Sanabria, decano de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional, escribió en la revista cultural Arcadia: “Al llegar, descubrí una suerte de ‘templo bautista’ en lugar de la vieja casa de los abuelos de Gabo. Quedé estupefacto ante semejante edificación y, con un nudo en la garganta, no tuve más remedio que declinar en nombre de la Universidad Nacional tan creativo regalo”.

Esta institución educativa había recibido la casa-museo a través de la figura de comodato, el cual en efecto rechazó. Sanabria narra más adelante que “la gente del pueblo afirmaba que tenía ganas de apedrear o quemar esa casa, (...) indignados ante semejante desperdicio de recursos”, aunque no cita una fuente específica.

La postura del cataquero Jiménez es algo ambigua. Asegura que siguió de cerca el proceso de las obras e incluso, que se comunicó con el Ministerio de Cultura cuando percibió que la reconstrucción no tomaba un aspecto muy fiel con la casa original.

“Tenemos los planos de la época y fotos. No sé, finalmente, por qué decidieron realizar una recreación diferente”, dice. Añade, sin embargo: “no puede negarse, de todas formas, que la obra es hermosa. Finalmente, hay que pensar también en todo el turismo que atraería”.

Róbinson Mulford, docente y vocero reconocido de la comunidad cataquera, no ahorra críticas negativas en contra del inmueble: “Esa reconstrucción hizo una casa estilo sanandresano, que no tiene que ver con nuestra cultura Caribe. Esa no es la casa de nuestros recuerdos”, declara, molesto.

Nicolás Arias, primo por línea materna de García Márquez, también rechaza el aspecto de la casa-museo: “Se han gastado casi mil millones en levantar una edificación que no recuerda en absoluto su pasado. Aconsejamos que en la restauración se usara madera de casas de la época, pero no nos prestaron atención”, dice.

Por su parte, el alcalde del municipio, Fossi Marcos María, indica que: “No entiendo las críticas. Fue una obra supervisada por los familiares del Nobel y por muchas personas más. ¿Por qué quejarse de su aspecto ahora?”.

Postura que avala Ariel Castillo, crítico y especialista en literatura del Caribe, escogido junto a Alberto Abello y Patricia Iriarte para escribir el guión museográfico de la obra: “No tiene salida, y es absurdo plantear que debía construirse una casa igual a la original. Lo que se hizo fue la creación de un símbolo con respecto a García Márquez. Es ridículo pensar que la obra quedaría idéntica”, sostiene.

Actualmente, la Universidad del Magdalena es el ente responsable de la casa-museo. Entre sus compromisos está el de impartir formación académica, talleres de literatura, y becas para estudiantes.

Según el proyecto, la nueva casa debe abrirse al público a principio de febrero de este año; además, se espera que los muebles lleguen a mediados de este mes. En estos días, la nueva obra ha presentado una mayúscula afluencia de turistas.

“Creo que esta casa, tal como está, es la oportunidad perfecta para que la gente conozca el pueblo natal de Gabo —dice Rafael Jiménez— porque Aracataca no debe estar condenada, como Macondo, a cien años de soledad”.

 

 

 

 


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