¿Más extracción minera? ¿habrá más fósiles? ¿ya sacaron cuentas y tiempo con la eólica y solar? ¿y la plata?


Por: William García

Columnista


Por estos días, en Santa Marta se desarrolla el primer encuentro multinacional de delegados de diferentes naciones que abordan el tema de los combustibles fósiles. Un debate que no es nuevo: desde la década de los 90 —hace ya 34 años— el mundo viene hablando de transición energética.


Posteriormente, en el año 2000, este tema empezó a vincularse a los Objetivos del Milenio, metas que hoy parecen cada vez más lejanas de alcanzarse. Lo cierto es que, pese al tiempo y a los recursos invertidos, los avances han sido limitados frente a la magnitud del desafío.


La transición energética se ha instalado con fuerza en el discurso global, impulsada por la necesidad de sustituir la matriz energética basada en carbón, gas y petróleo. Se argumenta que su uso contribuye al deterioro ambiental y que, por tanto, urge migrar hacia fuentes como la energía eólica y solar.


Sin embargo, este discurso también ha tenido un fuerte componente político, especialmente promovido por sectores de izquierda. Mientras tanto, la realidad muestra que el mundo, incluso sin intervención humana, ha atravesado procesos de transformación y crisis a lo largo de su historia.


A esto se suma un hecho contundente: desde los años 90, el consumo de petróleo, gas y carbón no ha disminuido, sino que se ha multiplicado, impulsado por las necesidades inmediatas del desarrollo global. De hecho, la esperanza de vida ha aumentado significativamente, en parte gracias a los avances derivados de la minería y los hidrocarburos, así como al desarrollo tecnológico en múltiples sectores.


Actualmente, el consumo mundial de energía sigue siendo abrumador: cerca de 1,5 billones de galones de petróleo al año, 4,2 billones de metros cúbicos de gas y alrededor de 9 mil millones de toneladas de carbón. Sustituir estas cifras representa uno de los mayores retos de la humanidad.


Los planes de transición energética plantean un despliegue sin precedentes de infraestructura renovable. Sin embargo, frente al tiempo requerido y las inversiones billonarias necesarias, el impacto aún no resulta suficientemente significativo dentro de la matriz energética global.

Surgen entonces varias preguntas:


¿Cuánta tierra se necesita realmente para reemplazar estas fuentes con energía solar y eólica?

Existen estimaciones que señalan que no sería un problema de espacio. Según estudios de Carbon Tracker, abastecer la demanda mundial únicamente con energía solar requeriría aproximadamente el 0,3% de la superficie terrestre del planeta, es decir, cerca de 496.805 kilómetros cuadrados, una extensión similar a la de España o el estado de California, distribuida a nivel global.


En términos comparativos:


Energía solar fotovoltaica: ~0,3% de la superficie terrestre (menos que la red mundial de carreteras).

Energía eólica: menos del 1% de ocupación real del suelo, permitiendo incluso actividades como la agricultura entre aerogeneradores.


El principal obstáculo no sería entonces la tierra, sino la infraestructura: redes de transmisión, subestaciones y permisos ambientales para la instalación de estos proyectos.


Aun así, hay tres desafíos clave que hoy preocupan a los ingenieros:

1. El “hambre” de minerales (minería)

La transición energética implica una demanda sin precedentes de recursos minerales. Según la Agencia Internacional de Energía:


Un vehículo eléctrico requiere seis veces más minerales que uno de combustión.

Una planta eólica marina necesita hasta nueve veces más recursos que una planta de gas.

Se estima que para 2040 la demanda podría multiplicarse de forma drástica: hasta 40 veces más litio, 25 veces más grafito y 20 veces más cobalto.